¿Por qué la personas sienten miedo?


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¿Qué es el miedo? ¿por qué lo sentimos?¿de dónde viene? Éstas y muchas más preguntas lo resolvemos en esta nota.

Sin duda que todos, desde que éramos niños, hemos tenido miedo a los fantasmas, hasta miedos mucho más complejos (ya más grandecitos) como miedo al compromiso, al fracaso, e incluso miedos inexplicables que nos paralizan, como miedo a las arañas (aracnofobia), que son tan intensos que entran en la categoría de las fobias.

Pero, ¿por qué sentimos miedo?

Los especialistas señalan que el miedo es uno de los cinco sentimientos básicos del ser humano, el cual si es visto desde un ángulo constructivo, nos sirve para proteger y alertar lo que amamos, así como a nosotros mismos.

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Sin embargo, también tiene un lado oscuro y negativo, el cual más allá de alertar, nos paraliza. Entonces, definir por qué sentimos temor, sería adentrarse a un universo tan grande y particular como el miedo específico de cada quien. En pocas palabras: cada quien forja sus miedos de manera diferente.

Miedo por instinto

Lo cierto es que el miedo nació en la especie humana como una respuesta que permite mantenernos a salvo. Es el mismo tipo de respuesta que genera, por ejemplo, un animal cuando está frente a su depredador. El miedo lo alerta y activa sus instintos para huir o defenderse.

De aquí nace, por ejemplo, el conocido miedo a las alturas, que es simplemente una respuesta natural de del cuerpo que nos está alerta que uno “no está a salvo, podríamos caer y morir”.

Miedo por trauma

Además de los miedos por instinto el ser humano es capaz de aprender a sentir miedo de ciertas cosas a partir de un evento desafortunado que permite que la memoria registre algún estímulo particular con la sensación de miedo.

De esta forma se estructura el miedo basado en el trauma y todos lo hemos sufrimos en mayor o menor medida. Hay que imaginar, por ejemplo, que un niño haya sido atacado un perro; entonces el cerebro registra al animal como peligro y cada vez que se vea uno, todas las alarmas del miedo se activan.

Lo mismo sucede cuando se nos ha sido inculcado el miedo a algo. Si en durante el colegio a las personas en quienes más confiamos (mamá y papá), nos enseñan que hay que tener miedo a determinadas cosas, lo aprenderemos como una verdad y sin necesidad de sufrir un trauma sentiremos miedo ante esas cosas.

Esto es lo que se conoce como un “miedo aprendido”, que está asociado a alguna experiencia o enseñanza en donde se responde ante un estímulo como si estuviéramos en peligro cuando no necesariamente lo estamos.

Fobia

Este es el tercer tipo de miedo en los seres humanos: la fobia. Este es tal vez el complejo y extraño donde el miedo es totalmente irracional. Esto significa que el objeto al que asociamos con peligro en realidad no atenta contra nuestra vida.

Se trata de una abstracción que se generado a nivel mental, que no se puede explicar pero genera estrés e incluso aversión obsesiva. Una posible explicación al origen de la fobia es que existen para encubrir algún trauma profundo o severo que no se desea recordar.

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Así, en lugar de temer al objeto, a la persona o situación que generó el trauma, se asocia el peligro a un elemento externo que vinculamos inconscientemente a la fuente original del trauma y se comienza a temerle sin razón aparente.

Y esto es lo que le sucede a nuestro cuerpo y cerebro cada vez que se siente cualquiera de los tres tipos de miedo explicados:

  • Se activa nuestra amígdala cerebral situada en el lóbulo temporal emitiendo señales de alerta.
  • Se siente taquicardia.
  • Aumenta la presión arterial.
  • Aumenta la actividad cerebral.
  • Todo el sistema límbico se alerta.
  • El cuerpo activa una sudoración extra.
  • Se dilatan o contraen las pupilas.
  • Se agita la respiración.

La buena noticia es que hasta los temores y fobias irracionales y más extremas pueden desaparecer. Se trata, de racionalizar la respuesta a un estímulo y relativizar la reacción comprendiendo que se trata de una respuesta poco adecuada que impide sentirnos libres en algún aspecto de nuestras vidas.

Y, por otro lado, generar una nueva respuesta a ese estímulo. A fin de cuentas, solamente se tiene que saber convivir con él y controlarlo cuando realmente sea necesario.

Vía: esmas.com
Foto: momentumforimpact.org

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