Liderazgo y Motivación – «Tenemos que hacer crítica tecnológica en un sentido similar al de la crítica literaria»

Son las dos de la tarde.

Es la hora de comer en España y el espacio que divide la jornada laboral.

Esta mañana he realizado varias tareas frente al ordenador: desde enviar y responder correos hasta varias acciones de marketing.

Cada tarea se ha visto interrumpida por un centenar de notificaciones de Whatsapp, Telegram, Gmail, las redes sociales o el Slack.

Mi atención con cada notificación disminuye y, en vez de terminar cuatro tareas, he terminado dos.

Prestar atención a las cosas que importan resulta cada día más difícil, especialmente después de un año de pandemia donde las pantallas se…

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Son las dos de la tarde. Es la hora de comer en España y el espacio que divide la jornada laboral. Esta mañana he realizado varias tareas frente al ordenador: desde enviar y responder correos hasta varias acciones de marketing. Cada tarea se ha visto interrumpida por un centenar de notificaciones de Whatsapp, Telegram, Gmail, las redes sociales o el Slack. Mi atención con cada notificación disminuye y, en vez de terminar cuatro tareas, he terminado dos.

Prestar atención a las cosas que importan resulta cada día más difícil, especialmente después de un año de pandemia donde las pantallas se han vuelto ese primer ser inanimado con el que interactuamos casi que al despertar.

Esta dificultad por concientizar a qué le presto atención y, especialmente, a qué deseo prestarle atención fue lo que me llevó a toparme con el libro Clics contra la humanidad. Libertad y resistencia en la era de la distracción tecnológica (Gatopardo, 2021) un ingenioso ensayo del ex estratega de Google, James Williams, quien indaga cómo las plataformas y los dispositivos tecnológicos nos retienen en ellos sin entender muy bien por qué lo estamos haciendo.

Para Williams es Internet quien ha ayudado a convertir el arte de la persuasión en manipulación profesional mientras amenaza nuestro «dominio interno de la conciencia», citando al filósofo John Stuart Mill. El autor recuerda sus días trabajando como estratega de Google con nostalgia: él pensaba que la empresa de Mountain View solo quería organizar toda la información del mundo, sin embargo, al constatar que estaba padeciendo de «una distracción profunda que no sabía cómo dominar», le llegó la epifanía: ¿qué pagamos cuando prestamos atención?. Fue allí cuando renunció a Google y se fue a Oxford a estudiar filosofía y ética, para así entender, qué era lo que le sucedía y nos sucede.

Parte del problema que tenemos para comprender lo que nos está sucediendo, como ya lo han estudiado otros, es la cantidad de información que se nos viene encima sin tener el lenguaje para conceptualizar. A la par que un lenguaje populista digital que estudia o genera estos acontecimientos –los tweets de Trump o de cualquier político, por ejemplo- se adueña de nuestros procesos y se pierde el foco, no solo de nuestra atención sino de las múltiples complejidades que nos rodean, especialmente, en los debates culturales, políticos o sociales.

En una entrevista más virtual que presencial, converso con James Williams para entender por qué, quizás, más allá de apagar el móvil, lo ideal es estar conscientes de nuestros objetivos diarios para no desfallecer ante la avalancha de información que nos llega desde las plataformas hacia nuestros dispositivos.

Citas a Waldo Emerson cuando dijo que es mejor un grito que una tesis. ¿Este libro es un grito por nuestra atención para hacernos autoconscientes después de haber trabajado para el enemigo?

La cita completa de Emerson es que “a veces un grito es mejor que una tesis”. Considero que mi libro es un poco de ambas cosas. Creo que los gritos son más útiles cuando van acompañados de tesis. Hoy en día hay un tipo de gritos sobre la tecnología que no suelen ir acompañados de tesis claras: están más interesados en indignar, vilipendiar y culpar que en orientar una comprensión y una respuesta lúcidas. Pienso en ello como una especie de populismo digital. Con este libro he querido evitar los excesos de esa postura, sin dejar de aprovechar las dimensiones inmediatas y emocionales de estas cuestiones que las hacen tan importantes para nuestra vida cotidiana.

Nos han vendido que podemos llegar más allá con Internet, que no hay límites. ¿Esta fue la primera falacia del inicio del fin?

Muy pocas cosas en el mundo son realmente ilimitadas. Cuando derribamos las barreras existentes, a menudo puede parecer que las cosas son ilimitadas, como ocurre con la aparición de la informática e Internet, cuando las limitaciones históricas al acceso a la información y la comunicación han caído en masa. Esta disolución de los límites es, sin duda, emocionante pero pronto aparecen nuevos límites operativos para ocupar su lugar y, en el caso de las tecnologías digitales, esos nuevos límites están dentro de nosotros, en particular las limitaciones de nuestra propia psicología, por ejemplo, en nuestras capacidades relacionales, en la búsqueda de patrones u otras formas que todavía están siendo utulizadas pero eran esenciales para etapas anteriores de la evolución humana, cuando vivíamos en pequeños grupos y luchábamos por la supervivencia diaria. Esta es una de las grandes ideas de la observación de Herbert Simon quien afirma que la abundancia de información hace que nuestra atención sea el nuevo recurso escaso, y en el libro utilizo ese concepto de atención para hablar de esta amplia gama de límites humanos recientemente son más relevantes.

¿La economía de la atención, la falta de foco, nos convertirá en unos holgazanes? ¿En una sociedad improductiva? ¿Es el fin de la sociedad como la conocemos?

Bueno, creo que es discutible que la productividad y la eficiencia son buenas señales de avance de la sociedad. Pero, en general, el riesgo es que empecemos a perder la historia, tanto de nuestra propia vida como de la historia de nuestra sociedad. El mayor riesgo no es que nos resulte difícil conseguir las vidas y las sociedades que queremos, sino que no seamos capaces de definir, en la frase de Harry Frankfurt: «lo que queremos querer».

¿El problema es el algoritmo o el diseño de producto? Creo que mucha gente desconoce la diferencia y culpan al algoritmo…

La respuesta corta es «sí». Los problemas éticos pueden existir en todos los niveles del diseño. También pueden derivarse de factores que trascienden el diseño, como la cultura o el modelo de negocio de una empresa.

Muchas personas logran sus metas personales a través de lo que tú has llamado iTrainer. ¿Cómo explicar que ellos son parte del problema ético y moral? Son aquellos que no le ponen límites a las plataformas digitales…

Como digo en el libro, a veces nuestras tecnologías nos ayudan a cumplir nuestras tareas y objetivos. Para eso está la tecnología, así que sería extraño que no nos ayudara en absoluto. El problema es que estas tecnologías de la atención nos llevan con la misma frecuencia hacia otras direcciones y, de hecho, están estructuralmente configuradas para incentivar esa distracción, por lo que sus beneficios potenciales para nuestras vidas quedan casi totalmente desaprovechados.

¿Crees que los periódicos y los medios de comunicación debieron no generar noticias a partir de la política de persuasión y desinformación que Trump hacia de sus comunicaciones en Twitter?

La respuesta es la misma razón que en 2016 dio el director general de la CBS, una de las principales cadenas de noticias de Estados Unidos. Él dijo que la candidatura de Trump ‘puede ser mala para Estados Unidos, pero es condenadamente buena para la CBS’. El negocio es captar y vender globos oculares y Trump es el maestro de esto en nuestro tiempo.

¿La ley Sherman antitrust y el gobierno de Biden pueden hacer cambiar a los monopolios digitales?

Hay muchas personas inteligentes que están pensando en cómo impulsar el pensamiento antimonopolio en Estados Unidos en este nuevo panorama tecnológico. Les deseo lo mejor. Definir claramente y vigilar las normas de monopolio es un componente necesario de cualquier reforma de la economía de la atención a la que finalmente lleguemos. Sin embargo, no creo que sea suficiente. Hay otras cuestiones profundas que quedan por abordar, como qué cantidad y tipos de diseño persuasivo son aceptables en una sociedad en la que valoramos la libertad de pensamiento.

Más allá de las leyes que puedan implementar o no los gobiernos para enfrentar a estos imperios digitales ¿Cómo se logra la libertad de la atención? ¿Cómo explicar que es un problema ético que comienza en lo individual?

Hay una larga historia a través de culturas y épocas humanas dispares, que atestigua la importancia y la centralidad de la atención. En términos generales, el contexto en el que se ha producido esta reflexión es el de la religión. Una forma de entender la tarea que tenemos por delante es que necesitamos encontrar un nuevo marco común, que abarque el entender la forma en que vivimos nuestras vidas y la forma en que nuestro mundo y la tecnología nos moldean, que integre los valores, las narrativas, los rituales, formas igualmente trascendentes. En otras palabras, tenemos que empezar a acercarnos a la alta tecnología como si fuera arte; tenemos que hacer crítica tecnológica en un sentido similar al de la crítica literaria. Tenemos que dejar de pensar en la tecnología como un conjunto de herramientas ingeniosas y empezar a tomarla como una extensión de nuestras almas.

 

Fuente: theobjective.com

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